Deseaba y a la vez temía ver al señor Rochester el día que siguió a esta noche de insomnio: quería volver a oír su voz, pero temía encontrar su mirada. Durante la primera parte de la mañana, esperé su llegada a cada momento; no tenía la costumbre frecuente de entrar en el aula, pero a veces pasaba unos minutos, y tenía la impresión de que sin falta la visitaría ese día.
Pero la mañana transcurrió como de costumbre: nada sucedió que interrumpiera el curso tranquilo de los estudios de Adèle; solo que, poco después del desayuno, oí cierto revuelo en los alrededores de la habitación del señor Rochester, la voz de la señora Fairfax, la de Leah, la de la cocinera—es decir, la esposa de John— y hasta los roncos tonos del propio John. Hubo exclamaciones como: «¡Menos mal que el amo no se quemó en su cama!», «Siempre es peligroso dejar una vela encendida por la noche», «¡Qué providencial que tuviera la presencia de ánimo de pensar en la jarra de agua!», «¡Me extraña que no despertara a nadie!», «Es de esperar que no coja un resfriado por dormir en el sofá de la biblioteca», etcétera.
A tanta confabulación sucedió un ruido de fregar y ordenar; y cuando pasé por la habitación, al bajar a cenar, vi a través de la puerta abierta que todo había vuelto a estar en completo orden; solo la cama estaba despojada de sus cortinajes.
Leah estaba de pie en el asiento de la ventana, frotando los cristales empañados por el humo. Iba a dirigirle la palabra, pues deseaba saber qué explicación se había dado del asunto; pero, al avanzar, vi a una segunda persona en la estancia: una mujer sentada en una silla junto a la cama, que cosía anillos a unas cortinas nuevas. Esa mujer no era otra que Grace Poole.