“Decidido a ser misionero estaba. Desde ese momento mi estado de ánimo cambió; las cadenas se disolvieron y cayeron de todas mis facultades, sin dejar de la esclavitud más que su dolorosa llaga —que solo el tiempo puede curar—. Mi padre, en verdad, impuso la determinación, pero desde su muerte no tengo ningún obstáculo legítimo contra el que luchar; unos asuntos resueltos, un sucesor para Morton provisto, un enredo o dos de los sentimientos rotos o cortados de tajo —un último conflicto con la debilidad humana, en el que sé que venceré, porque he jurado que venceré— y dejo Europa por el Oriente”.
Dijo esto con su peculiar voz, apagada pero enérgica, y al dejar de hablar no me miró a mí, sino al sol poniente, hacia el cual miré yo también. Tanto él como yo dábamos la espalda al sendero que subía por el campo hacia la puertecilla. No habíamos oído ningún paso en aquel camino cubierto de hierba; el agua que corría en el valle era el único sonido relajante de aquella hora y de aquel paisaje; bien podíamos, pues, sobresaltarnos cuando una voz alegre, dulce como una campana de plata, exclamó...
—Buenas noches, señor Rivers. Y buenas noches, viejo Carlo. Su perro es más rápido para reconocer a sus amigos que usted, señor; levantó las orejas y meneó la cola cuando yo estaba al fondo del campo, y usted ahora me da la espalda.
Era verdad. Aunque el señor Rivers se había estremecido al escuchar los primeros de aquellos acentos musicales, como si un rayo hubiera partido una nube sobre su cabeza, seguía de pie, al terminar la frase, en la misma actitud en que la hablante lo había sorprendido: con el brazo apoyado en la verja y el rostro dirigido hacia el oeste. Por fin se giró, con mesurada lentitud.
Una aparición, según me pareció, se había levantado a su lado. Se manifestó, a menos de un metro de distancia, una figura vestida de