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Me dirigí a la ventana, la abrí y miré hacia fuera.

Allí estaban las dos alas del edificio; allí estaba el jardín; allí estaban las faldas de Lowood; allí estaba el horizonte montañoso.

Mi mirada pasó por alto todos los demás objetos para posarse en los más lejanos, los picos azules; eran esos los que ansiaba superar; todo lo que quedaba dentro de su límite de roca y brezo parecía terreno de prisión, confines de destierro.

Seguí con la vista el camino blanco que serpenteaba alrededor de la base de una montaña y se desvanecía en un desfiladero entre dos; ¡cómo anhelaba seguirlo más allá!

Recordé el tiempo en que había recorrido aquel mismo camino en carruaje; recordé el descenso de aquella colina al atardecer; una eternidad parecía haber transcurrido desde el día que me trajo por primera vez a Lowood, y no lo había abandonado desde entonces.

Mis vacaciones las había pasado todas en la escuela: la señora Reed nunca me había mandado a buscar a Gateshead; ni ella ni ningún miembro de su familia habían venido a visitarme jamás.

No había tenido comunicación alguna por carta o recado con el mundo exterior:

  • normas escolares,
  • deberes escolares,
  • hábitos y conceptos escolares, y voces, y rostros, y frases, y atuendos, y preferencias, y aversiones⁠—eso era lo que yo conocía de la existencia.
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