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Capítulo XIV

Él acercó una silla junto a la suya. —No me gusta la cháchara de los niños —continuó—; porque, solterón como soy, no tengo gratos recuerdos asociados a su balbuceo. Me resultaría intolerable pasar toda una noche a solas con un mocoso. No aleje más esa silla, señorita Eyre; siéntese exactamente donde la coloqué... si le parece bien, claro. ¡Malditas cortesías! Constantemente las olvido. Tampoco me inclinan particularmente las ancianas simplonas. A propósito, debo tener presente a la mía; no servirá de nada descuidarla; es una Fairfax, o está casada con uno; y se dice que la sangre pesa más que el agua.

Tocó el timbre y envió una invitación a la señora Fairfax, quien no tardó en llegar, con su cestera de labor en la mano.

—Buenas noches, señora; recurro a usted con un propósito caritativo. Le he prohibido a Adèle que me hable de sus regalos, y está a punto reventar de hartazgo: tenga la amabilidad de hacer de oyente e interlocutrice; será uno de los actos más benévolos que jamás haya realizado.

Adèle, en efecto, no bien vio a la señora Fairfax, la llamó a su sofá y pronto le llenó el regazo con el contenido de porcelana, de marfil y de cera de su boite; desgranando, entre tanto, explicaciones y arrobos en el inglés maltrecho que dominaba.

—Ahora que he cumplido con el papel de buen anfitrión —prosiguió el señor Rochester—, y he puesto a mis huéspedes en camino de entretenerse mutuamente, debo tener la libertad de atender a mi propio placer. Señorita Eyre, acerque su silla un poco más hacia adelante: todavía está demasiado atrás; no puedo verla sin alterar mi postura en este cómodo sillón, cosa que no tengo intención de hacer.

Hice lo que se me mandaba, aunque mucho habría preferido permanecer algo en la sombra; pero el señor Rochester tenía una manera tan directa de dar órdenes, que parecía algo natural obedecerle al instante.

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