las clases —que ahora contaban con sesenta niñas— desfilar ante mí, me quedé con la llave en la mano intercambiando unas pocas palabras de despedida especial con media docena de mis mejores alumnas: unas jóvenes tan decentes, respetables, modestas y cultas como las que podían encontrarse entre los estratos del campesinado británico. Y eso es mucho decir; pues, al fin y al cabo, el campesinado británico es el mejor educado, el más bien educado y el más digno de Europa: desde aquellos días he visto paysannes y Bäuerinnen; y las mejores de ellas me parecieron ignorantes, groseras y embrutecidas en comparación con mis niñas de Morton.
—¿Considera que ha obtenido su recompensa por una temporada de esfuerzo? —preguntó el señor Rivers, cuando se hubieron ido—. ¿No le produce satisfacción la conciencia de haber hecho algún bien verdadero en su época y generación?
“Sin