ansioso por ocultarlo como yo mismo.
—A Inglaterra, pues, la conduje; un viaje espantoso hice con semejante monstruo en la embarcación. Alegre quedé cuando por fin la llevé a Thornfield, y la vi instalada con seguridad en aquella habitación del tercer piso, cuyo gabinete interior secreto ha convertido ahora, desde hace diez años, en la guarida de una fiera, en la celda de un duende.
Tuve algunas dificultades para encontrarle una cuidadora, ya que era necesario elegir a una en cuya lealtad se pudiera confiar; pues sus delirios inevitablemente habrían delatado mi secreto: además, tenía intervalos lúcidos de días —a veces semanas— que llenaba colmándome de insultos. Al final contraté a Grace Poole, procedente del Asilo de Grimsby. Ella y el cirujano Carter (quien curó las heridas de Mason la noche en que fue apuñalado y atacado) son los únicos dos en cuya confianza me he apoyado. Es posible que la señora Fairfax haya sospechado algo, pero no pudo haber obtenido ningún conocimiento preciso de los hechos.
Grace ha resultado ser, en general, una buena celadora; aunque, debido en parte a un defecto propio, del que al parecer nada puede curarla y que es inherente a su fatigosa profesión, su vigilancia se ha visto adormecida y burlada más de una vez.
La lunática es a la vez astuta y maligna; nunca ha dejado de aprovechar los descuidos temporales de su cuidadora: una vez para ocultar el cuchillo con el que apuñaló a su hermano, y dos para hacerse con la llave de su celda y salir de ella en plena noche.
En la primera de estas ocasiones, perpetró el intento de quemarme en mi lecho; en la segunda, te hizo aquella espantosa visita. Doy gracias a la Providencia, que veló por ti, de que entonces desatara su furia