sol del día otoñal; * el horizonte delimitado por un cielo propicio, azul, veteado de blanco perlado. Ningún elemento del paisaje era extraordinario, pero todo era complaciente. Cuando me aparté de él y volví a cruzar la trampilla, apenas acertaba a ver el camino de bajada por la escalerilla; la buhardilla parecía negra como una cripta en comparación con aquel arco de aire azul hacia el que había estado mirando, y con aquella escena soleada de arboleda, pastizal y colina verde, de la cual la mansión era el centro y que yo
Mrs. Fairfax se detuvo un momento para asegurar la trampilla; yo, tanteando a tientas, encontré la salida del desván y procedí a bajar por la estrecha escalera de la buhardilla.
Me detuve en el largo pasillo al que esta conducía, que separaba las habitaciones delanteras y traseras del tercer piso: estrecho, bajo y penumbroso, con una sola ventanita en el extremo opuesto, y que parecía, con sus dos filas de pequeñas puertas negras todas cerradas, el corredor de algún castillo de Barba Azul.
Mientras caminaba con paso quedo, el último sonido que esperaba oír en una región tan silenciosa, una risa, golpeó mi oído.
Era una risa curiosa; nítida, formal, sin alegría.
Me detuve: el sonido cesó, solo por un instante; comenzó de nuevo, más fuerte: pues al principio, aunque nítida, era muy baja.
Se desvaneció en una estruendosa carcajada que pareció despertar un eco en cada cámara solitaria; aunque se originaba en una sola, y yo habría podido señalar la puerta de donde provenían los acentos.