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XVII

señor Rochester tiene otras cosas en las que pensar. No se preocupe por las damas esta noche; tal vez las vea mañana: aquí tiene su cena.

Tenía mucha hambre, de modo que el pollo y las tartas sirvieron para distraer su atención por un tiempo. Bien me valió asegurar esta provisión, pues de otro modo ella, yo y Sophie —a quien envié una porción de nuestro refrigerio— habríamos corrido el riesgo de quedarnos sin cenar: abajo todos estaban demasiado ocupados para acordarse de nosotras.

El postre no se sirvió hasta después de las nueve y a las diez los lacayos todavía iban y venían con bandejas y tazas de café. Dejé que Adèle se quedara levantada mucho más tarde de lo habitual; pues declaró que le sería imposible conciliar el sueño mientras las puertas siguieran abriéndose y cerrándose abajo, y la gente anduviera atareada.

Además —añadió—, tal vez llegaría un recado del señor Rochester cuando estuviera desvestida; « et alors quel dommage! »

Le conté historias mientras quiso escucharlas; y luego, para variar, la llevé a la galería. La lámpara del vestíbulo ya estaba encendida, y la divertía asomarse por la balaustrada y ver a los sirvientes pasar de un lado a otro. Cuando la noche estaba muy avanzada, un sonido de música brotó del salón, adonde se había trasladado el piano; Adèle y yo nos sentamos en el peldaño superior de la escalera para escuchar. Al poco tiempo, una voz se fundió con los ricos tonos del instrumento; era una dama la que cantaba, y muy dulces eran sus notas. Terminado el solo, le siguió un dúo y luego una pieza coral: un murmullo alegre y conversacional llenaba los intervalos. Escuché largo rato; de

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