Como el prólogo a la primera edición de Jane Eyre era innecesario, no lo incluí; esta segunda edición exige unas pocas palabras, tanto de agradecimiento como de observaciones diversas.
Mis agradecimientos se deben en tres cuartas partes.
Al público, por el benévolo oído que ha prestado a un relato sencillo y sin pretensiones.
A la Prensa, por el campo imparcial que su honesto sufragio ha abierto a un aspirante desconocido.
A mis Editores, por la ayuda que su tacto, su energía, su sentido práctico y su franca liberalidad han brindado a un Autor desconocido y sin recomendaciones.
La Prensa y el Público no son más que vagas personificaciones para mí, y debo agradecerles en términos vagos; pero mis Editores son definidos: como también ciertos críticos generosos que me han alentado como sólo los hombres de gran corazón y noble espíritu saben alentar a un desconocido que lucha; a ellos, es decir, a mis Editores y a los selectos Críticos, les digo cordialmente: Caballeros, se lo agradezco desde el fondo de mi corazón.
Habiendo reconocido así lo que debo a quienes me han ayudado y aprobado, paso a otra categoría; una minoría, hasta donde sé, pero que no por ello debe ser pasada por alto. Me refiero a los pocos timoratos o quisquillosos que dudan de la tendencia de libros como Jane Eyre: a cuyos ojos todo lo insólito es incorrecto; cuyos oídos perciben en cada protesta contra la intolerancia —madre del crimen— un insulto a la piedad,