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XVIII

No había nada en estas circunstancias que enfriara o desterrara el amor, aunque sí mucho para crear desesperación. Mucho también, lector, pensarás tú, para engendrar celos; si una mujer, en mi posición, hubiera podido permitirse el lujo de estar celosa de una mujer en la de la señorita Ingram. Pero yo no estaba celosa; o muy raramente; —la naturaleza del dolor que sufría no podía explicarse con esa palabra.

La señorita Ingram estaba por debajo de los celos: era demasiado inferior para despertar ese sentimiento. Perdóneseme la aparente paradoja; sé lo que digo.

Era muy llamativa, pero no genuina: poseía una bella planta, muchos conocimientos brillantes; pero su espíritu era pobre, su corazón estéril por naturaleza: nada brotaba espontáneamente en ese suelo; ningún fruto natural y espontáneo deleitaba con su frescura.

No era buena; no era original: solía repetir frases sonoras de los libros; nunca ofrecía, ni tenía, una opinión propia. Defendía un tono elevado de sentimiento; pero desconocía las sensaciones de la simpatía y la piedad; la ternura y la verdad no estaban en ella.

Demasiado a menudo lo delataba, mediante la desmedida salida que le daba a una rencorosa aversión que había concebido contra la pequeña Adèle: apartándola de un empujón con algún epíteto despectivo si se acercaba a ella; a veces ordenándole que saliera de la estancia, y tratándola siempre con frialdad y acritud.

Otros ojos además de los míos observaban estas manifestaciones de carácter; las observaban de cerca, con agudeza, con perspicacia. Sí; el futuro novio, el propio Sr. Rochester, ejercía sobre su prometida una vigilancia incesante; y de esa sagacidad —de esa cautela suya—, de esa perfecta y clara conciencia de los defectos de su hermosa prometida —de esa evidente ausencia de pasión en sus sentimientos hacia ella—, surgía mi dolor siempre torturante.

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