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V.

El carruaje se detuvo; ahí estaba, junto a las puertas, con sus cuatro caballos y la parte superior cargada de pasajeros: el mayoral y el cochero urgían a grandes voces a darse prisa; mi baúl fue subido de un Ilamativo tirón; me arrancaron del cuello de Bessie, al que me aferraba entre besos.

—No deje de cuidarla bien —le gritó ella al revisor, mientras este me subía al interior.

—¡Ay, ay! —fue la respuesta: se cerró la puerta de golpe, una voz exclamó «Todo bien» y seguimos adelante. Así fui separada de Bessie y de Gateshead; así fui arrojada a regiones desconocidas y, como entonces creía, remotas y misteriosas.

Recuerdo muy poco del viaje; solo sé que el día me pareció de una longitud sobrenatural y que nos pareció recorrer cientos de millas de camino. Pasamos por varias ciudades, y en una, muy grande, el coche se detuvo; desengancharon a los caballos y los pasajeros bajaron a cenar. Me llevaron a una posada, donde el mayoral quiso que comiera algo; pero, como no tenía apetito, me dejó en una sala inmensa con una chimenea en cada extremo, una araña colgando del techo y una pequeña galería roja muy alta contra la pared llena de instrumentos musicales. Aquí estuve paseando un buen rato, sintiéndome muy extraña y con el miedo cerval de que alguien entrara y me secuestrara; pues yo creía en los secuestradores, cuyas fechorías habían figurado frecuentemente en las crónicas de Bessie junto al fuego. Por fin regresó el mayoral; una vez más me acomodaron en el coche, mi protector subió a su asiento, hizo sonar su bocina hueca y salimos traqueteando a toda velocidad por la «calle empedrada» de L⁠⸺.

La tarde se presentó húmeda y algo brumosa; al ir declinando hacia el anochecer, empecé a sentir que nos estábamos alejar muy lejos, en verdad, de Gateshead: dejamos de pasar por pueblos; el paisaje cambió; grandes colinas grises se alzaban alrededor del horizonte: al profundizarse el

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