En algún momento de la tarde levanté la cabeza y, al mirar a mi alrededor y ver el sol de occidente dorando la señal de su declive en la pared, pregunté: «¿Qué voy a hacer?».
Pero la respuesta que dio mi mente —«Abandona Thornfield en el acto»— fue tan rápida, tan temible, que me tapé los oídos. Dije que no podía soportar tales palabras en ese momento. «Que yo no sea la esposa de Edward Rochester es la menor parte de mi desdicha —alegué—: que haya despertado de los más gloriosos sueños y los haya encontrado todos vacíos y vanos es un horror que podría soportar y dominar; pero que deba dejarlo de manera definitiva, instantánea, por completo, es intolerable. No puedo hacerlo».
Pero entonces, una voz en mi interior afirmó que yo podía hacerlo y profetizó que lo haría. Luché contra mi propia resolución: quería ser débil para poder