negro; la mayoría son altos, algunos jóvenes. Henry y Frederick Lynn son en verdad unos mozos muy airosos; y el coronel Dent es un hombre apuesto y marcial. El señor Eshton, magistrado del distrito, es distinguido: tiene el cabello completamente blanco, las cejas y las patillas aún oscuras, lo que le da un cierto aire de «père noble de théâtre». Lord Ingram, al igual que sus hermanas, es muy alto; como ellas, también es apuesto; pero comparte la mirada apática y lánguida de Mary: parece tener más longitud de extremidades que vivacidad en la sangre o vigor en el cerebro.
¿Y dónde está el señor Rochester?
Entra el último: no estoy mirando hacia el arco, y sin embargo lo veo entrar. Procuro concentrar mi atención en esas agujas de redecilla, en las mallas de la bolsa que estoy haciendo; desearía pensar únicamente en la labor que tengo entre manos, ver solo las cuentas de plata y los hilos de seda que reposan en mi regazo; no obstante, distingo perfectamente su figura e inevitablemente recuerdo el momento en que la vi por última vez; justo después de haberle prestado lo que él consideraba un servicio esencial, y él, estrechando mi mano y mirándome al rostro, me examinó con unos ojos que revelaban un corazón pleno y deseoso de desbordarse; en cuyas emociones yo participaba. ¡Cuán cerca había estado de él en ese momento! ¿Qué había ocurrido desde entonces que pudiera alterar nuestras posiciones relativas? Y, sin embargo, ¡cuán distante, cuán extrañado se hallaba ahora de mí! Tan extrañado, que no esperaba que viniera a hablarme. No me extrañó cuando, sin mirarme, tomó asiento al otro lado de la habitación y se puso a conversar con