En vano se dice que los seres humanos deben conformarse con la tranquilidad: necesitan acción; y la crearán si no la encuentran.
Millones están condenados a un destino más silencioso que el mío, y millones se rebelan en silencio contra su suerte. Nadie sabe cuántas rebeliones, además de las políticas, fermentan en las masas de vida que pobladas hay en la tierra.
Se supone que las mujeres son muy calmadas por lo general:
- pero las mujeres sienten exactamente igual que los hombres;
- necesitan ejercitar sus facultades y un campo para sus esfuerzos tanto como sus hermanos;
- padecen una restricción demasiado rígida, un estancamiento demasiado absoluto, exactamente del mismo modo que sufrirían los hombres;
y es de mente estrecha por parte de sus semejantes más privilegiados decir que deben limitarse a hacer budines y tejer medias, a tocar el piano y bordar bolsitas.
Es insensato condenarlas, o reírse de ellas, si intentan hacer más o aprender más de lo que la costumbre ha declarado necesario para su sexo.
Cuando estaba así a solas, no era infrecuente que oyera la risa de Grace Poole: la misma carcajada, el mismo ja, ja, bajo y lento que, la primera vez que lo escuché, me había estremecido; oía también sus excéntricos murmullos, más extraños aún que su risa. Había días en que guardaba absoluto silencio, pero había otros en los que no lograba explicarme los sonidos que emitía. A veces la veía: salía de su habitación con un tazón, un plato o una bandeja en la mano, bajaba a la cocina y al poco rato regresaba, por lo