nueva fase de existencia en la que me destinaba a entrar; sentí, aunque no habría sabido expresar el sentimiento, que estaba sembrando la aversión y la crueldad a lo largo de mi camino futuro; me vi transformada bajo la mirada del señor Brocklehurst en una niña astuta y dañina, ¿y qué podía hacer yo para remediar el daño?
—Nada, en verdad —pensé, mientras luchaba por reprimir un sollozo y me enjugaba apresuradamente unas lágrimas, impotentes evidencias de mi angustia.
—El engaño es, en verdad, un triste defecto en un niño —dijo el señor Brocklehurst—; es pariente de la falsedad, y todos los mentirosos tendrán su parte en el lago que arde con fuego y azufre; no obstante, ella será vigilada, señora Reed. Hablaré con la señorita Temple y con las profesoras.
—Desearía que fuese educada de una manera acorde a sus perspectivas —continuó mi bienhechora—; que se le enseñara a ser útil, a mantenerse humilde; en cuanto a las vacaciones, con su permiso, las pasará siempre en Lowood.
“Sus decisiones son perfectamente acertadas, señora —respondió el señor Brocklehurst—. La humildad es una gracia cristiana, y una virtud singularmente apropiada para las alumnas de Lowood; por lo tanto, ordeno que se ponga especial esmero en su cultivo entre ellas. He estudiado la mejor manera de mortificar en ellas el sentimiento mundano del orgullo y, apenas el otro día, tuve una prueba grata de mi éxito. Mi segunda hija, Augusta, fue con su mamá a visitar la escuela, y a su regreso exclamó: «¡Oh, querido papá, qué recatadas y sencillas se ven todas las niñas de Lowood, con el cabello peinado detrás de las orejas, y sus largos delantales, y esos pequeños bolsillos de holanda por fuera de los vestidos; son casi como los hijos de la gente pobre!» y —añadió—, «miraron mi vestido y el de mamá como si nunca antes hubieran visto un traje de seda»”.