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Capítulo XII

respondido a su « Revenez bientôt, ma bonne amie, ma chère Mdlle. Jeannette » con un beso, partí.

El suelo estaba duro, el aire quieto, mi camino solitario; caminé deprisa hasta entrar en calor, y luego fui despacio para disfrutar y analizar la clase de placer que aguardaba por mí en aquella hora y situación.

Eran las tres; la campana de la iglesia dio las tres al pasar yo bajo el campanario; el encanto de la hora residía en su penumbra cercana, en el sol de reflejos pálidos que se deslizaba bajo. Estaba a una milla de Thornfield, en un camino famoso por sus rosas silvestres en verano, por sus nueces y moras en otoño, y que incluso ahora conservaba algunos tesoros de coral en los escaramujos y cenizos, aunque su mayor delicia invernal radicaba en su absoluta soledad y su reposo desprovisto de hojas.

Si una ráfaga de aire se movía, allí no producía sonido alguno; pues no había un solo acebo, ni un solo perenne que crujiera, y los arbustos despojados de espino blanco y avellano estaban tan quietos como las piedras blancas y gastadas que empedraban el centro del sendero. A lo largo y ancho, a cada lado, solo había campos donde ya no paciendo ganado alguno; y los pajarillos marrones, que se agitaban de vez en cuando en el seto, parecían hojas marchitas solitarias que se hubieran olvidado de caer.

Este sendero ascendía en pendiente todo el camino hasta Hay; habiendo llegado a la mitad, me senté en un tranco de madera que desde allí daba a un campo. Reuniendo mi manto en torno a mí y resguardando las manos en el manguito, no sentí el frío, aunque helaba con fuerza; como lo atestiguaba una capa de hielo que cubría el camino, donde un pequeño arroyuelo, ahora congelado, se había desbordado tras un rápido deshielo días atrás. Desde mi asiento podía mirar hacia Thornfield: la mansión gris y almenada era el objeto principal en el valle debajo de mí; sus bosques y su

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