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XV

un flujo tan tranquilo como aquel en el que su juventud se ha deslizado hasta ahora. Fluyendo con los ojos cerrados y los oídos tapados, ni ve las rocas que erizan no muy lejos el lecho de la corriente, ni oye romper las olas en su base. Pero le digo —y puede apuntar mis palabras— que algún día llegará a un desfiladero rocoso en el cauce, donde todo el caudal de la vida se romperá en remolino y tumulto, espuma y ruido: o será hecha añicos contra las puntas de los riscos, o será alzada y arrastrada por alguna gran ola hacia una corriente más calmada —como lo estoy yo ahora—.

—Me gusta este día; me gusta ese cielo de acero; me gusta la severidad y la quietud del mundo bajo esta helada. Me gusta Thornfield, su antigüedad, su retiro, sus viejos cornejos y espinos, su fachada gris y las hileras de ventanas oscuras que reflejan esa bóveda celestial metálica: y, sin embargo, ¿cuánto tiempo hace que aborrezco la sola idea de este lugar, que lo he evitado como a una gran casa apestada? ¡Cómo lo sigo aborreciendo…!

Apretó los dientes y guardó silencio: detuvo el paso y golpeó su bota contra el suelo duro. Algún pensamiento odioso parecía tenerlo atrapado y lo sujetaba con tanta fuerza que no podía avanzar.

Ascendíamos por la avenida cuando se detuvo de este modo; la mansión se alzaba ante nosotros. Alzando la vista hacia sus almenas, lanzó sobre ellas una mirada fulminante como jamás había visto antes ni volvería a ver.

El dolor, la vergüenza, la ira, la impaciencia, el asco, la abyección parecían librar por un instante un combate tembloroso en la gran pupila que se dilataría bajo su ceja de ébano.

Feroz fue la lucha por ver cuál prevalecería; pero otro sentimiento surgió y triunfó: algo duro y cínico: obstinado y resuelto: aquietó su pasión y petrificó su semblante: siguió adelante—

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