“Le ha dado al clavo, señora: es de todo punto seguro que fue ella, y nadie más que ella, quien lo puso en marcha. Tenía a su cuidado a una mujer llamada Sra. Poole —una mujer capaz en su oficio, y muy de fiar, a excepción de un defecto, un defecto común a muchas de esas enfermeras y matronas—: guardaba una botella de ginebra para su uso privado y de vez en vez se tragaba un trago de más.
Tiene disculpa, pues llevaba una vida dura; pero aun así era peligroso; porque cuando la Sra. Poole se quedaba profundamente dormida a causa de la ginebra con agua, la dama loca, que era astuta como una bruja, le sacaba las llaves del bolsillo, salía de su aposento y se iba a vagar por la casa, haciendo cualquier travesura descabellada que se le viniera a la cabeza. Dicen que una vez estuvo a punto de quemar a su marido en la cama, pero de eso no estoy segura.
Sin embargo, en esta noche, prendió fuego primero a las cortinas de la habitación contigua a la suya, y luego bajó a un piso inferior y se abrió paso hasta el aposento que había sido de la institutriz —(era como si de algún modo supiera cómo se habían desarrollado los asuntos y le guardara rencor)— y prendió fuego a la cama allí; pero, afortunadamente, no había nadie durmiendo en ella.
La institutriz se había fugado dos meses antes; y por más que el señor Rochester la buscaba como si fuera lo más valioso que tenía en el mundo, jamás pudo saber una sola palabra de ella; y se volvió salvaje—bastante salvaje a causa de su desengaño: nunca había sido un hombre indómito, pero se puso peligroso después de perderla. También quería estar solo. Despidió a la señora Fairfax, el ama de llaves, enviándola con unos amigos suyos que vivían lejos; pero lo hizo generosamente, pues le asignó una renta vitalicia: y se la merecía—era una mujer muy buena. La señorita Adèle, una pupila que tenía, fue internada en la escuela. Rompió toda relación con la alta sociedad y se encerró como un ermitaño en la Mansión.