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Prefacio

ese regente de Dios en la tierra. Sugeriría a tales escépticos ciertas distinciones obvias; les recordaría ciertas verdades sencillas.

La convencionalidad no es la moralidad. La presuntuosidad no es la religión. Atacar a la primera no es agredir a la última. Arrancar la máscara del rostro del fariseo no es levantar una mano impía hacia la Corona de Espinas.

Estas cosas y acciones son diametralmente opuestas: son tan distintas como el vicio de la virtud. Los hombres las confunden con demasiada frecuencia; no deberían ser confundidas: la apariencia no debe tomarse por la verdad; las estrechas doctrinas humanas, que solo tienden a enaltecer y magnificar a unos pocos, no deben sustituirse por el credo de Cristo que redime al mundo. Hay —lo repito— una diferencia; y es una buena acción, y no mala, trazar amplia y claramente la línea de separación entre ellas.

Quizás al mundo no le agrade ver estas ideas separadas, pues está acostumbrado a fundirlas; hallando conveniente hacer pasar la apariencia externa por mérito genuino⁠—dejar que paredes blanqueadas den fe de altares limpios. Puede que odie a quien se atreve a escrudiñar y exponer⁠—a arrancar el dorado y mostrar el metal vil debajo⁠—a penetrar en el sepulcro y revelar reliquias de osarios: pero óedielo como quiera, le está en deuda.

Ahab no quería a Micaías, porque nunca profetizaba nada bueno acerca de él, sino mal; probablemente le gustaba más el adulador hijo de Quenaaná; sin embargo, Ahab podría haber evitado una muerte sangrienta de haber cerrado sus oídos a la lisonja y los hubiera abierto al fiel consejo.

Hay un hombre en nuestros días cuyas palabras no están hechas para halagar oídos delicados; quien, a mi parecer, se presenta ante los grandes de la sociedad del mismo modo que el hijo de Imlah se presentó ante los

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