advertencias de Helen contra la complacencia en el rencor, infundí en el relato mucho menos hiel y ajenjo de lo habitual. Así refrenado y simplificado, sonaba más creíble: sentí a medida que avanzaba que la señorita Temple me creía por completo.
En el curso del relato había mencionado al señor Lloyd como la persona que había venido a verme después del ataque: pues nunca olvidé el, para mí, espantoso episodio de la habitación roja; al detallarlo, mi emoción solía desbordarse en cierta medida, pues nada podía suavizar en mi recuerdo el espasmo de agonía que apretaba mi corazón cuando la señora Reed desdeñó mi desaforada súplica de perdón y me encerró por segunda vez en la oscura y encantada estancia.
Había terminado: la señorita Temple me contempló unos minutos en silencio; luego dijo—
“Sé algo del