indescriptible. A veces, absorta en su labor, cantaba el estribillo muy bajito, muy morosamente; «Hace mucho tiempo» salió como la cadencia más triste de un himno fúnebre. Pasó a otra balada, esta vez una verdaderamente doliente.
“Mis pies me duelen, cansadas mis fuerzas; Largo es el camino, salvajes los montes; Pronto el crepúsculo, sin luna y sombrío, Se cerrará sobre el paso de la pobre niña huérfana.
¿Por qué me enviaron tan lejos y tan sola, Allá arriba donde los páramos se extienden y se amontonan rocas grises? Los hombres son duros de corazón, y solo los ángeles bondadosos Velan por los pasos de una pobre niña huérfana.
Aun así, distante y suave sopla la brisa nocturna, Nubes no hay ninguna, y estrellas claras brillan apacibles, Dios, en Su misericordia, protección está mostrando, Consuelo y esperanza para la pobre niña huérfana.
Aun si cayera al cruzar el puente roto, O vagara por los pantanos, engañada por luces falsas, Aún así mi Padre, con promesa y bendición, Tomará en Su seno a la pobre niña huérfana.
Hay un pensamiento que debería brindarme fortaleza, Aunque despojada de refugio y de parientes; El cielo es un hogar, y un descanso no me faltará; Dios es un amigo para la pobre niña huérfana.”
—Vamos, señorita Jane, no llore —dijo Bessie al terminar. Bien habría podido decirle al fuego: «¡no ardas!», pero ¿cómo iba ella a adivinar el enfermizo sufrimiento del que yo era presa? En el transcurso de la mañana vino de nuevo el señor Lloyd.