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XXVII

y habló con una especie de autoridad. Debía ser auxiliado, y por esa mano; y auxiliado fui.

“Una vez que hube presionado aquel frágil hombro, algo nuevo —una savia y una sensación frescas— se deslizó en mi cuerpo. Menos mal que había aprendido que este duendecillo debía volver a mí —que pertenecía a mi casa allá abajo—, pues de otro modo no habría podido sentirlo partir de bajo mi mano y verlo desvanecerse tras el tenues seto, sin un pesar singular.

Oí que llegabas a casa esa noche, Jane, aunque probablemente no sabías que pensaba en ti o te vigilaba. Al día siguiente te observé —sin que me vieras— durante media hora, mientras jugabas con Adèle en la galería. Era un día nevado, según recuerdo, y no podíais salir. Yo estaba en mi habitación; la puerta estaba entreabierta: podía escuchar y mirar. Adèle reclamó tu atención exterior por un

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