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XXII

—¡Una verdadera respuesta de Jano! ¡Que los buenos ángeles me protejan! Vienes del otro mundo —de la morada de las personas que han muerto—, ¡y me lo dices cuando te encuentro a solas aquí en el crepúsculo! Si me atreviera, te tocaría para ver si eres sustancia o sombra, ¡duendecillo!..., pero tanto daría intentar agarrar una luz fatua azul en un pantano. ¡Trífuga! ¡Trífuga! —añadió tras detenerse un instante—. ¡Ausente de mí un mes entero y olvidándome por completo, te lo apuesto!

Sabía que habría placer en volver a ver a mi amo, aun cuando estuviera quebrantada por el temor de que muy pronto dejara de ser mi amo, y por la conciencia de que yo no era nada para él: mas había siempre en el señor Rochester (o al menos eso creía yo) tanta abundancia de poder para comunicar felicidad, que probar tan solo las migajas que arrojaba a los pájaros extraviados y extraños como yo, equivalía a un banquete cordial. Sus últimas

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