engaño tuyo ni brujería: es obra de la naturaleza. Ella se despertó e hizo —no un milagro—, sino lo mejor que pudo.
Me solté de St. John, que me había seguido y pretendía retenerme. Era mi momento de asumir la supremacía. Mis facultades estaban en juego y en plenitud. Le ordené que se abstuviera de hacer preguntas o comentarios; le exigí que me dejara: necesitaba y quería estar sola. Obedeció al instante. Donde hay energía para mandar con la suficiente firmeza, la obediencia nunca falla. Subí a mi alcoba; eché la llave; caí de hinojos; y supliqué a mi manera —una manera distinta a la de St. John, pero eficaz a su propio modo—. Me pareció penetrar muy cerca de un Espíritu Poderoso; y mi alma se desbordó de gratitud a Sus pies. Me levanté de la acción de gracias —tomé una determinación— y me acosté, sin temor, iluminada —ansiosa tan solo por que llegara la luz del día.