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Capítulo XXXIV

blando, de musgo fino y verde esmeralda, minuciosamente esmaltado con una florecilla blanca y salpicado de una flor amarilla en forma de estrella; las colinas, entre tanto, nos encerraban por completo; pues el valle, hacia su cabecera, se serpenteaba hasta lo más hondo de ellas.

—Descansemos aquí —dijo St. John, al llegar a los primeros rezagados de un batallón de rocas que custodiaba una especie de desfiladero, más allá del cual el arroyo descendía en cascada; y donde, un poco más adelante todavía, la montaña se despojaba de césped y flores, para llevar solo brezo por vestido y risco por gema; donde exageraba lo agreste hasta convertirlo en salvaje, y cambiaba lo fresco por lo ceñudo; donde guardaba la última esperanza de la soledad y un postrer refugio para el silencio.

Me senté; St. John se quedó de pie cerca de mí. Miró hacia arriba por el desfiladero y hacia abajo por el hondo valle; su mirada vagó siguiendo el curso del arroyo y volvió para recorrer el cielo despejado que lo teñía: se quitó el sombrero, dejó que la brisa le alborotara el cabello y le besara la frente. Parecía estar en comunión con el genio del paraje: con la mirada se despedía de algo.

—Y volveré a verlo —dijo en voz alta—, en sueños, cuando duerma junto al Ganges; y de nuevo en una hora más remota —cuando otro sopor me venza—, ¡en la orilla de un río más oscuro!

¡Extrañas palabras de un extraño amor! ¡La pasión de un patriota austero por su patria! Se sentó; durante media hora no hablamos; ni él a mí ni yo a él: pasado ese intervalo, recomenzó⁠—

“Jane, me voy en seis semanas; he reservado mi pasaje en un

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