además, cosía en otra habitación, y Bessie, mientras iba y venía guardando juguetes y arreglando los cajones, me dirigía de vez en cuando alguna palabra de insólita amabilidad. Este estado de cosas debería haber sido para mí un paraíso de paz, acostumbrada como estaba a una vida de incesantes reprimendas y fatigas ingratas; pero, de hecho, mis nervios destrozados se hallaban ahora en tal estado que ninguna calma podía sosegarlos, ni ningún placer estimularlos gratamente.
Bessie había bajado a la cocina y traía consigo una tarta en cierto plato de porcelana de vivos colores, cuyo ave del paraíso, acurrucada en una guirnalda de corregüuelas y capullos de rosa, solía despertarme un sentido de lo más entusiasta de admiración; y plato el cual yo había solicitado a menudo que se me permitiera tomar en la mano para examinarlo más de cerca, pero hasta entonces siempre se me había considerado indigno de semejante privilegio.
Esta preciosa vasija fue colocada ahora sobre mis rodillas, y se me invitó cordialmente a comerme la rosca de delicada repostería que había sobre ella.
¡Vano favor! ¡Llegando, como la mayoría de los otros favores largamente postergados y a menudo deseados, demasiado tarde!
No pude comerme la tarta; y el plumaje del pájaro, los tonos de las flores, parecían extrañamente descoloridos: aparté tanto el plato como la tarta.
Bessie me preguntó si quería un libro; la palabra libro actuó como un estímulo pasajero, y le rogué que fuera a buscar Los viajes de Gulliver a la biblioteca. Este libro lo había leído una y otra vez con deleite. Lo consideraba una narración de hechos reales y descubrí en él una veta de interés más profunda que la que hallaba en los cuentos de hadas: pues en cuanto a los elfos, tras haberlos buscado en vano entre hojas de digital y