manos, y un gran libro, semejante a una Biblia, reposaba sobre cada mesa, frente al asiento vacío. Siguió una pausa de algunos segundos, llena del murmullo bajo y vago de la muchedumbre; la señorita Miller caminaba de clase en clase, acallando aquel sonido indefinido.
Una campana distante tintineó: inmediatamente tres damas entraron en la habitación, cada una caminó hacia una mesa y tomó su asiento. La señorita Miller ocupó la cuarta silla vacía, que era la más cercana a la puerta y alrededor de la cual se congregaban los más pequeños de los niños: a esta clase inferior fui llamada, y colocada al fondo de la misma.
Empezaron los quehaceres, se repitió la colecta del día, luego se leyeron ciertos textos de las Escrituras, y a estos siguió una prolongada lectura de capítulos de la Biblia que duró una hora.
Para cuando terminó aquel ejercicio, ya había amanecido por completo. La infatigable campana sonó ahora por cuarta vez: las clases se formaron y marcharon a otra sala para desayunar. ¡Qué alegría me dio vislumbrar la perspectiva de comer algo! Por culpa de la inanición ya casi estaba enferma, habiendo tomado tan poco el día anterior.
El refectorio era una sala grande, de techo bajo y sombría; sobre dos largas mesas humeaban cuencos con algo caliente que, sin embargo, para mi consternación, desprendía un olor poco apetitoso. Vi una manifestación general de descontento cuando los vahos de la comida llegaron a las fosas nasales de quienes estaban destinados a tragarla; desde la vanguardia de la procesión, las chicas altas de la primera clase, surgieron las palabras susurradas:
“¡Qué asco! ¡Las achicaladas gachas se han vuelto a quemar!”
—¡Silencio! —exclamó una voz; no la de la señorita Miller, sino la de una de las profesoras de cursos superiores, una persona bajita y morena,