conllevaba, me quitó un poco de la emoción.
«No te los quites», grité; «no me moveré».
En garantía de lo cual, me aferré al asiento con las manos.
—Cuidado con hacerlo —dijo Bessie; y cuando se cercioró de que realmente me estaba calmando, me soltó; luego ella y la señorita Abbot se quedaron con los brazos cruzados, mirándome el rostro con oscuridad y recelo, como si dudaran de mi juicio.
—Nunca antes había hecho tal cosa —dijo por fin Bessie, dirigiéndose a Abigail.
—Pero siempre lo ha tenido dentro —fue la respuesta—. Le he dicho a la señora mi opinión sobre la niña muchas veces, y la señora estuvo de acuerdo conmigo. Es una mujercita solapada: jamás vi a una chica de su edad con tanta falsedad.
Bessie no contestó; sino que al poco rato, dirigiéndose a mí, dijo:—Debería usted tener presente, señorita, que le tiene usted agradecimiento a la señora Reed: ella la mantiene; si la echara a la calle, tendría que irse a la inclusa.
No tenía nada que responder a estas palabras: no eran nuevas para mí; mis primeros recuerdos de la existencia incluían insinuaciones de la misma índole. Aquel reproche de mi dependencia se había convertido en un estribillo vago en mis oídos: muy doloroso y aplastante, pero solo a medias inteligible. La señorita Abbot intervino:
—Y no debes creer que estás en pie de igualdad con las señoritas Reed y el amo Reed, porque la señora tiene la amabilidad de permitir que te críes con ellos. Ellos tendrán muchísimo dinero y tú no tendrás nada: te corresponde ser humilde y esforzarte por caerles bien.