Había olvidado correr la cortina, como solía hacerlo, y también bajar la persiana. La consecuencia fue que cuando la luna, que estaba llena y brillante (pues la noche era hermosa), llegó en su curso a aquel espacio del cielo opuesto a mi ventana y me miró a través de los cristales desvelados, su gloriosa mirada me despertó. Al desvelarme en lo más hondo de la noche, abrí los ojos ante su disco, blanco plateado y de una claridad cristalina. Era hermoso, pero demasiado solemne; me incorporé a medias y extendí el brazo para correr la cortina.
¡Dios santo! ¡Qué grito!
La noche —su silencio— su reposo, se vio desgarrada por un sonido salvaje, agudo y estridente que recorrió de un extremo a otro Thornfield Hall.
Mi pulso se