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XXI

ya no podía contemplarme a mí, y luego me retiré hacia la ventana.

La lluvia golpeaba con fuerza contra los cristales, el viento soplaba tempestuoso: «Allí yace alguien —pensé— que pronto estará más allá de la guerra de los elementos terrenales. ¿Hacia dónde aleteará ese espíritu —ahora luchando por abandonar su morada material— cuando por fin sea liberado?».

Al reflexionar sobre el gran misterio, pensé en Helen Burns, recordé sus últimas palabras, su fe, su doctrina de la igualdad de las almas incorpóreas. Todavía escuchaba en mi pensamiento el tono de su voz tan bien recordado —todavía imaginaba su aspecto pálido y espiritual, su rostro demacrado y su mirada sublime, mientras yacía en su apacible lecho de muerte y susurraba su anhelo de ser restituida en el seno de su divino Padre—, cuando una débil voz murmuró desde

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