“Iba a decir: apasionado; pero tal vez habrías malinterpretado la palabra y te habrías disgustado. Quiero decir que los afectos y las simpatías humanas ejercen un poderísimo influjo sobre ti. Estoy seguro de que no podrás contentarte por mucho tiempo con pasar tus ratos libres en la soledad y dedicar tus horas de trabajo a una labor monótona y carente por completo de estímulo; del mismo modo que yo no puedo contentarme —añadió, con énfasis— con vivir aquí sepultado en un cenagal, cercado por montañas; mi naturaleza, que Dios me dio, coartada; mis facultades, concedidas por el cielo, paralizadas, hechas inútiles. Oyes ahora cómo me contradigo. Yo, que prediqué la satisfacción con un destino humilde, y justifiqué la vocación incluso de los leñadores y los aguadores al servicio de Dios; yo, Su ministro ordenado, casi deliro en mi inquietud. En fin, las tendencias y los principios deben reconciliarse de algún modo”.
Salió de la habitación. En esta breve hora había aprendido más sobre él que en todo el mes anterior; sin embargo, aún me desconcertaba.
Diana y Mary Rivers se volvieron más tristes y silenciosas a medida que se acercaba el día de dejar a su hermano y su hogar. Ambas intentaron aparentar normalidad; pero la pena contra la que tenían que luchar era una que no podía ser del todo vencida ni oculta.
Diana dio a entender que aquella sería una despedida distinta a cualquiera que hubieran conocido hasta entonces. Probablemente, en lo que respecta a St. John, sería una separación por años; tal vez una separación de por vida.
—Él lo sacrificará todo a sus largos propósitos —dijo—: el afecto natural y sentimientos aún más poderosos. St. John parece tranquilo, Jane; pero oculta una fiebre en las entrañas. Lo creerías apacible, mas en ciertas cosas es inexorable como la muerte; y lo peor de todo es que mi conciencia