general (¡oh, lector romántico, perdóname que te diga la pura verdad!) cargando con una jarra de cerveza negra. Su aspecto siempre apagaba la curiosidad que despertaban sus rarezas sonoras: de rasgos duros y apostura formal, no poseía ningún rasgo al que pudiera aferrarse el interés. Hice algunos intentos por entablar conversación con ella, pero parecía una persona de pocas palabras: una respuesta monosilábica solía cortar de raíz cualquier esfuerzo de ese tipo.
Los demás miembros de la casa, a saber, John y su mujer, Leah la criada, y Sophie la niñera francesa, eran personas decentes; pero en ningún aspecto notables; con Sophie solía hablar en francés, y a veces le hacía preguntas sobre su país natal; pero no era de natural descriptivo o narrativo, y por lo general daba respuestas tan insulsas y confusas que estaban más calculadas para cohibir que para alentar la indagación.
Octubre, noviembre, diciembre pasaron. Una tarde de enero, la señora Fairfax había pedido un día libre para Adèle, porque estaba resfriada; y, como Adèle secundaba la solicitud con un ardor que me recordaba cuán preciosos habían sido los días libres ocasionales para mí en mi propia infancia, se lo concedí, considerando que hacía bien en mostrarme flexible en ese punto. Era un día hermoso y tranquilo, aunque muy frío; estaba cansada de estar sentada quieta en la biblioteca durante toda una larga mañana: la señora Fairfax acababa de escribir una carta que esperaba ser enviada, así que me puse el sombrero y la capa y me ofrecí a llevarla a Hay; la distancia, de dos millas, sería un agradable paseo de una tarde de invierno. Habiendo visto a Adèle cómodamente sentada en su sillita junto al fuego de la salita de la señora Fairfax, y habiéndole dado su mejor muñeca de cera (que yo solía guardar envuelta en papel de plata en un cajón) para jugar, y un libro de cuentos para cambiar de pasatiempo; y habiendo