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VI

encomios de la señorita Scatcherd sobre la ejecución. Era historia de Inglaterra: entre las lectoras observé a mi conocida de la galería: al comienzo de la lección, su puesto había estado en lo más alto de la clase, pero por algún error de pronunciación, o cierta falta de atención a los signos de puntuación, fue enviada de repente hasta el mismísimo fondo. Incluso en esa posición oscura, la señorita Scatcherd siguió haciendo de ella un objeto de constante atención: continuamente le dirigía frases como las siguientes:⁠—

“Burns” (tal parecía ser su nombre: a las muchachas aquí las llamaban a todas por sus apellidos, como a los muchachos en otras partes), “Burns, estás pisando el borde del zapato; gira las puntas de los pies hacia afuera inmediatamente”.

“Burns, hundes la barbilla de la manera más desagradable; métela”.

“Burns, insisto en que mantengas la cabeza en alto; no toleraré que te pongas ante mí en esa actitud”, etcétera, etcétera.

Leído el capítulo dos veces, se cerraron los libros y se examinó a las niñas. La lección había abarcado parte del reinado de Carlos I, y hubo varias preguntas sobre el derecho de tonelaje y libra y el impuesto naval, que la mayoría pareció incapaz de responder; aun así, cualquier pequeña dificultad se resolvía al instante en cuanto le tocaba el turno a Burns: su memoria parecía haber retenido la sustancia de toda la lección, y tenía respuestas listas para cada punto. Yo esperaba que la señorita Scatcherd alabara su atención; pero, en vez de eso, exclamó de repente:

—¡Muchacha sucia y desagradable! ¡No te has limpiado las uñas en toda la mañana!

Burns no respondió: me extrañó su silencio.

«¿Por qué —pensé— no explica que no pudo ni limpiarse las uñas ni lavarse la cara, ya que el agua estaba helada?»

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