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XXI

Madeira. La Providencia ha bendecido mis esfuerzos por asegurar una posición desahogada; y como soy soltero y no tengo hijos, deseo adoptarla en vida y legarle a mi muerte todo lo que pueda dejar. Quedo de usted, señora, etc.,

Llevaba fecha de tres años atrás.

—¿Cómo es que nunca había oído hablar de esto? —pregunté.

—Porque te detestaba con demasiada fijeza y profundidad como para echarte una mano para elevarte a la prosperidad. No podía olvidar tu conducta conmigo, Jane⁠—la furia con la que te volviste una vez contra mí; el tono con el que declaraste que me aborrecías más que a nadie en el mundo; la mirada y la voz poco infantiles con las que afirmaste que el solo pensamiento de mí te enfermaba, y aseveraste que te había tratado con miserable crueldad.

No podía olvidar mis propias sensaciones cuando te pusiste en pie de ese modo y vertiste el veneno de tu mente: sentí miedo, como si un animal al que hubiera golpeado o empujado me hubiera mirado con ojos humanos y me hubiera maldecido con voz de hombre.⁠—¡Tráeme un poco de agua! ¡Oh, date prisa!

—Estimada señora Reed —le dije, mientras le ofrecía la poción que pedía—, no piense más en todo esto, déjelo atrás y bórrelo de su mente. Perdone mis palabras apasionadas: era una niña entonces; han pasado ocho, nueve años desde aquel día.

Ella no hizo caso de nada de lo que dije; pero cuando hubo probado el agua y tomado aliento, continuó de este modo⁠—

—Te digo que no pude olvidarlo; y me tomé mi venganza: que fueras adoptada por tu tío y puesta en un estado de

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