enfermos al estanque probática de Betesda; y, profesores, directora, os ruego que no permitáis que las aguas se estanquen a su alrededor”.
Con esta sublime conclusión, el señor Brocklehurst se abrochó el botón superior de su surtout, musitó algo a su familia, la cual se levantó, hizo una reverencia a la señorita Temple, y entonces toda aquella gente importante abandonó la estancia con majestuosidad. Al girarse en la puerta, mi juez dijo:
“Que la dejen media hora más en ese taburete, y que nadie le hable durante el resto del día”.
Allí estaba yo, pues, montada en lo alto; yo, que había dicho que no podía soportar la vergüenza de estar de pie sobre mis propios pies en mitad de la habitación, estaba ahora expuesta a la vista de todos sobre un pedestal de infamia.
Cuáles fueron mis sensaciones, ningún lenguaje puede describirlo; pero justo cuando se agolparon todas, ahogando mi aliento y oprimiéndome la garganta, una niña se acercó y pasó a mi lado: al pasar, levantó los ojos.
¡Qué extraña luz los inspiraba! ¡Qué sensación tan extraordinaria me transmitió aquel rayo! ¡Cómo me sostuvo aquel nuevo sentimiento! Era como si un mártir, un héroe, hubiera pasado junto a un esclavo o una víctima, y le hubiera infundido fuerza en el tránsito.
Dominé la histeria que subía, alcé la cabeza y me planté con firmeza sobre el taburete.
Helen Burns hizo una leve pregunta sobre su labor a la señorita Smith, fue reprendida por la trivialidad de la consulta, regresó a su sitio y me sonrió al pasar de nuevo a mi lado. ¡Qué sonrisa! La recuerdo ahora, y sé que era la emanación de un gran intelecto, de auténtico valor; iluminó sus marcadas facciones, su rostro delgado, su ojo gris y hundido, como el reflejo del semblante de un ángel.