decirlo; no conocía su gusto en materia de belleza femenina. Si le gustaba lo majestuoso, ella era el vivo ejemplo de la majestad; además, era culta y vivaz. La mayoría de los caballeros la admirarían, pensaba yo; y de que él la admiraba ya parecía haber obtenido pruebas: para disipar la última sombra de duda, solo faltaba verlos juntos.
No ha de suponer usted, lector, que Adèle ha estado todo este tiempo sentada inmóvil en el taburete a mis pies: no; cuando las señoras entraron, se levantó, avanzó a su encuentro, hizo una reverencia majestuosa y dijo con gravedad:
“Bonjour, mesdames.”
Y la señorita Ingram la había mirado desde arriba con aire burlesco y había exclamado: «¡Vaya, qué títere tan pequeño!».
Lady Lynn había comentado: «Es la protegida de Mr. Rochester, supongo, la pequeña francesa de la que hablaba».
La señora Dent