recto hacia mi vestidor; abre el cajón superior del ropero y saca una camisa limpia y un pañuelo para el cuello; tráelos aquí, y date prisa”.
Fui; busqué el depósito que él había mencionado, encontré los artículos nombrados y regresé con ellos.
—Ahora —dijo é l—, pasa al otro lado de la cama mientras yo le ordeno la toilette; pero no salgas del cuarto: puede que te vuelvan a necesitar.
Me retiré según lo ordenado.
—¿Había alguien moviéndose abajo cuando bajó, Jane? —inquirió al poco rato el señor Rochester.
“No, señor; todo estaba muy tranquilo.”
—Te sacaremos con maña, Dick; y será mejor tanto por tu bien como por el de la pobre criatura que está ahí dentro. Me he esmerado mucho por evitar el escándalo, y