La confianza que había tenido a bien depositar en mí parecía un tributo a mi discreción: lo consideré y acepté como tal. Su comportamiento había sido desde hacía ya algunas semanas más uniforme conmigo que al principio. Nunca parecía estorbarle; no le daban ataques de altivez heladora: cuando me encontraba con él de manera imprevista, el encuentro parecía bien recibido; siempre tenía una palabra y a veces una sonrisa para mí: cuando era convocada por una invitación formal a su presencia, me honraba con una cordialidad de recibimiento que me hacía sentir que realmente poseía el poder de divertirlo, y que esas reuniones nocturnas eran buscadas tanto por su placer como por mi beneficio.
Yo, en verdad, hablaba relativamente poco, pero le escuchaba hablar con deleite.
Estaba en su naturaleza ser comunicativo; le gustaba abrir a una mente desconocedora del mundo destellos de sus escenas y costumbres (no me refiero a sus escenas corruptas y caminos perversos, sino a aquellos que derivaban su interés de la gran escala en la que se desarrollaban, de la extraña novedad que los caracterizaba); y yo sentía un vivo deleite al recibir las nuevas ideas que ofrecía, al imaginar los nuevos cuadros que pintaba, y al seguirle con el pensamiento por las nuevas regiones que revelaba, sin que me alarmara ni turbara jamás una sola alusión nociva.
La soltura de sus modales me libró de una penosa tensión: la franca amabilidad, tan correcta como cordial, con la que me trataba, me atraía hacia él.
Sentía a veces como si fuera un pariente más que mi amo; aunque todavía era imperioso a veces, pero eso no me importaba; comprendía que era su manera de ser.
Tan feliz, tan satisfecha me sentí con este nuevo interés añadido a la vida, que dejé de añorar a mis parientes; mi delgado destino en cuarto creciente pareció ensancharse; los vacíos de la existencia se llenaron; mi salud física mejoró; gané carnes y fuerzas.