algo de claridad diurna y la luna brillaba con creciente fulgor: podía verlo claramente. Su figura estaba envuelta en una capa de montar, con cuello de piel y broches de acero; sus detalles no eran perceptibles, pero distinguí las líneas generales de una estatura mediana y un pecho considerablemente ancho. Tenía el rostro oscuro, de rasgos severos y frente prominente; sus ojos y cejas fruncidas denotaban en ese momento ira y frustración; había dejado atrás la juventud, pero aún no llegaba a la mediana edad; tal vez rondaría los treinta y cinco años. No sentía miedo de él, y apenas timidez. De haber sido un joven apuesto y de aspecto heroico, no me habría atrevido a plantarme así a interrogarlo contra su voluntad y a ofrecerle mis servicios sin que me los pidiera. Casi nunca había visto a un joven apuesto; jamás en la vida había hablado con uno. Sentía una reverencia y un homenaje teóricos por la belleza, la elegancia, la galantería, el encanto; pero de haberme encontrado con esas cualidades encarnadas en forma masculina, habría sabido instintivamente que no guardaban ni podían guardar afinidad alguna conmigo, y las habría evitado como se huye del fuego, del rayo o de cualquier otra cosa que sea brillante pero antipática.
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Capítulo XII
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