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XVII

algunas de las damas.

No bien hube visto que su atención estaba clavada en ellos, y que yo podía mirar sin ser observada, cuando mis ojos se dirigieron involuntariamente hacia su rostro; no pude mantener los párpados bajo control: se alzaban, y las pupilas se fijaban en él. Miré, y sentí un agudo placer al mirar —un placer precioso a la vez que punzante; oro puro, con una punta acerada de agonía: un placer semejante al que podría sentir el moribundo por la sed que sabe que el pozo al que se ha arrastrado está envenenado, pero que aun así se inclina y bebe tragos divinos.

Muy cierto es que «la belleza está en los ojos de quien mira».

El rostro aceitunado y sin color de mi amo, su frente cuadrada y maciza, sus cejas anchas y negrísimas, sus ojos hundidos, sus facciones enérgicas, su boca firme y severa —todo en él era energía, decisión, voluntad— no eran hermosos según las reglas; pero para mí eran más que hermosos; estaban llenos de un interés, de un influjo que me dominaba por completo, que arrebataba mis sentimientos de mi propio poder y los encadenaba al suyo.

Yo no había tenido la intención de amarle; el lector sabe cuánto me había esforzado por extirpar de mi alma los gérmenes de amor que en ella descubrí; ¡y ahora, al primer golpe de vista renovado hacia él, brotaron espontáneos, verdes y vigorosos! Hizo que lo amara sin tan siquiera mirarme.

Lo comparé con sus invitados. ¿Qué eran la galante gracia de los Lynn, la lánguida elegancia de lord Ingram, e incluso la distinción militar del coronel Dent, contrastadas con su aspecto de vigor nativo y genuino poder? Yo no

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