“¡Otra vez! Otro pinchazo con la navaja, cuando fingía acariciarme la cabeza: y eso es porque dije que no me gustaba la compañía de los niños y las viejas (¡con perdón sea dicho!). No, señorita, no soy un filántropo universal; pero tengo conciencia”; y se señaló los bultos que supuestamente indican esa facultad y que, por fortuna para él, eran bastante visibles; otorgando, de hecho, una marcada anchura a la parte superior de su cabeza: “y, además, una vez tuve una especie de rudimentaria ternura de corazón. Cuando tenía tu edad, era un tipo bastante sensible, parcial con los desvalidos, desamparados y desdichados; pero la Fortuna me ha dado muchos golpes desde entonces: hasta me ha amasado con los nudillos, y ahora me alago pensando que soy duro y resistente como una pelota de goma; permeable, sin embargo, a través de alguna que otra rendija todavía, y con un punto sensitivo en el medio del bloque. Sí: ¿deja eso alguna esperanza para mí?”.
—¿Esperanza de qué, señor?
—¿De mi transformación final de vuelta de la goma de borrar a carne?
«Decididamente ha bebido demasiado vino», pensé; y no sabía qué respuesta darle a su extraña pregunta: ¿cómo iba a saber yo si era capaz de ser transformado de nuevo?
«Se quedó usted muy desconcertada, señorita Eyre; y, aunque no es usted bonita como tampoco yo soy apuesto, sin embargo, un aire desconcertado le sienta bien; además, es conveniente, porque mantiene esos ojos escrutadores suyos alejados de mi fisonomía y los ocupa en las flores de estambre de la alfombra; así pues, siga desconcertada. Señorita, esta noche me siento inclinado a ser sociable y comunicativo».
Con este anuncio se levantó de su silla y quedó de pie, apoyando el brazo en la repisa de mármol de la chimenea: en esa actitud se veían claramente tanto su figura como su rostro; su anchura de pecho, inusual, casi desproporcionada con la longitud de sus extremidades.