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La señorita Gryce por fin roncó; era una fornida galesa, y hasta entonces sus habituales acentos nasales nunca habían sido considerados por mí bajo otra luz que la de una molestia; esta noche saludé las primeras notas profundas con satisfacción; me libré de interrupciones; mi pensamiento medio borrado revivió al instante.

“¡Una nueva servidumbre! Hay algo en eso”, soliloquié (mentalmente, se entiende; no hablé en voz alta). “Sé que lo hay, porque no suena demasiado dulce; no es como palabras tales como Libertad, Emoción, Goce: sonidos verdaderamente deliciosos; pero nada más que sonidos para mí; y tan huecos y efímeros que es una absoluta pérdida de tiempo escucharlos. ¡Pero Servidumbre! Eso debe ser algo tangible. Cualquiera puede servir: he servido aquí ocho años; ahora todo lo que quiero es servir en otra parte. ¿No puedo conseguir al menos tanto de mi propia voluntad? ¿No es factible la cosa? Sí⁠—sí⁠—el fin no es tan difícil; si tan solo tuviera un cerebro lo bastante activo como para averiguar los medios de alcanzarlo”.

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