manutención. La odié la primera vez que le puse los ojos encima: ¡una cosita enfermiza, lloriquona y debucha! Se pasaba la noche entera gimiendo en la cuna—no llorando a gritos como cualquier otro niño, sino sollozando y lamentándose. Reed le tenía lástima; solía cuidarla y prestarle atención como si hubiera sido suya: más, en verdad, de lo que jamás le prestó a los suyos a esa edad. Intentaba que mis hijos fueran amables con la pequeña pordiosera: los amados niños no podían ni verla, y él se enojaba con ellos cuando mostraban su desagrado. En su última enfermedad, hizo que se la trajeran continuamente a la cabecera de la cama; y apenas una hora antes de morir, me obligó con juramento a quedarme con el bicho. Tan pronto me habría hecho cargo de un mocoso de hospicio salido de una casa de beneficencia: pero él era débil, débil por naturaleza.
John no se parece en nada a su padre, y me alegro de ello: John es como yo y como mis hermanos—es todo un Gibson. ¡Oh, ojalá dejara de atormentarme con cartas pidiendo dinero! No tengo más dinero que darle: nos estamos volviendo pobres. Debo despedir a la mitad de los criados y cerrar una parte de la casa; o alquilarla. Jamás podré resignarme a hacer eso—mas, ¿cómo vamos a salir adelante? Dos tercios de mis ingresos se van en pagar los intereses de las hipotecas. John juega horriblemente, y siempre pierde—¡pobre muchacho! Está acosado por los timadores: John está hundido y degradado—su aspecto es espantoso—siento vergüenza por él cuando lo veo.
Ella se estaba poniendo muy nerviosa. > —Creo que será mejor que