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Capítulo XXXV

un tizón arrebatado del fuego. La sinceridad es siempre profundamente solemne: al principio, mientras escuchaba aquella oración, me extrañó la suya; luego, al continuar y elevarse, me conmovió y, por fin, me infundió respeto. Sentía la grandeza y la bondad de su propósito con tanta sinceridad que los demás, al oírle implorarlo, no podían dejar de sentirlo también.

Terminada la oración, nos despedimos de él: iba a partir muy temprano por la mañana. Diana y María, tras besarlo, salieron de la habitación⁠ —obedeciendo, creo, a una sugerencia suya susurrada—; yo le tendí la mano y le deseé un feliz viaje.

—Gracias, Jane. Como dije, regresaré de Cambridge en una quincena: ese plazo, pues, te queda aún para la reflexión. Si escuchara el orgullo humano, no te hablaría más de matrimonio conmigo; pero escucho mi deber y mantengo firmemente a la vista mi principal objetivo: hacerlo todo para la gloria de Dios. Mi Maestro fue longánime: así lo seré yo. No puedo entregarte a la perdición como a un vaso de ira; arrepiéntete, recapacita mientras aún hay tiempo. Recuerda que se nos manda trabajar mientras es de día, y se nos advierte que «viene la noche, cuando nadie puede trabajar». Recuerda el destino de Dives, que tuvo sus bienes en esta vida. ¡Que Dios te dé fuerzas para elegir esa mejor parte que no te será quitada!

Puso su mano sobre mi cabeza al pronunciar las últimas palabras. Había hablado con seriedad, con suavidad: su mirada no era, ciertamente, la de un amante contemplando a su amada, sino la de un pastor que hace volver a su oveja descarriada⁠—o mejor aún, la de un ángel guardián que vigila el alma de la que es responsable. Todos los hombres de talento, ya sean hombres de sensibilidad o no; ya sean fanáticos, o aspirantes, o déspotas⁠—con tal de que sean sinceros⁠—, tienen sus momentos sublimes, en los que subyugan y dominan.

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