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XXI

que me desnudara cuando era niña.

Viejos tiempos acudieron raudos a mi memoria mientras la observaba trajinar de un lado para otro: preparando la bandeja del té con su mejor vajilla, cortando pan con mantequilla, tostando un bollito y, entretanto, dándole al pequeño Robert o a Jane algún que otro golpecito o empujón, tal y como solía dármeme a mí en otros tiempos. Bessie había conservado su carácter impetuoso, así como su paso ligero y su buen físico.

El té listo, iba a acercarme a la mesa; pero ella me ordenó que me sentara quieta, con su tono de siempre, imperioso por completo. Debían servirme junto al hogar, dijo; y colocó ante mí una mesita redonda con mi taza y un plato de tostadas, exactamente igual que solía agasajarme con algún manjar hurtado en secreto sobre una silla de la guardería; y sonreí y la obedecí como en los viejos tiempos.

Quiso saber si era feliz en Thornfield Hall y qué clase de persona era la ama; y cuando le dije que solo había un amo, si era un caballero simpático y si me gustaba. Le conté que era un hombre bastante feo, pero todo un caballero; y que me trataba con amabilidad y yo estaba contenta.

Luego pasé a descrebirle la alegre compañía que hacía poco se había alojado en la casa; y a estos detalles Bessie prestó atención con interés: eran exactamente del tipo que a ella le gustaba.

En semejante conversación se pasó una hora en un abrir y cerrar de ojos: Bessie me devolvió el bonete, etcétera, y, acompañada por ella, dejé la portería en dirección a la mansión. Fue

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