—¡Vaya! —exclamé, empleando una expresión de la comarca—, ¡esto ya es el colmo!
Yo, a mi vez, escruté el papel; pero no vi en él nada más que unas pocas manchas opacas de pintura donde había probado el tono con mi lápiz.
Reflexioné sobre el misterio durante un minuto o dos; pero al encontrarlo insoluble, y estando seguro de que no podía ser de gran importancia, lo descarté y pronto lo olvidé.