vamos a huir?» se preguntaba confusamente por todas partes. De no ser por la luz de la luna, habrían estado en completa oscuridad. Corrían de un lado a otro; se agolpaban: algunos sollozaban, otros tropezaban; la confusión era inextricable.
—¿Dónde demonios está Rochester? —exclamó el coronel Dent—. No lo encuentro en su cama.
—¡Aquí! ¡Aquí! —se respondió a gritos.
—Conserven la calma, todos ustedes: ya voy.
Y la puerta al final de la galería se abrió, y el señor Rochester avanzó con una vela: acababa de bajar del piso superior. Una de las damas corrió hacia él directamente; lo agarró del brazo: era la señorita Ingram.
—¿Qué terrible acontecimiento ha tenido lugar? —dijo ella—. ¡Habla! ¡Que conozcamos lo peor de una vez!
—Pero no me arrastren hacia