casa; sin embargo, volví a oírle llamar: «¡Jane!». Había abierto el portal y estaba de pie junto a él, esperándome.
—Ven donde haya un poco de frescor, por unos momentos —dijo—; esa casa es una auténtica mazmorra: ¿no lo sientes así?
—Me parece una mansión espléndida, señor.
—El encanto de la inexperiencia nubla tus ojos —respondió—, y lo ves a través de un filtro fascinado: no alcanzas a discernir que el dorado es cieno y los cortinajes de seda telarañas; que el mármol es pizarra sórdida, y las maderas pulidas meras obras de desecho y corteza escamosa. En cambio aquí —(señaló el recinto frondoso en el que habíamos entrado)— todo es real, dulce y puro.
Se desvió por un sendero bordeado de boj, con manzanos, perales y cerezos