Bessie llenó el vacío con una homilía de una hora de duración, en la que demostró sin lugar a dudas que yo era la niña más malvada y perversa que jamás se hubiera criado bajo un mismo techo. Yo casi le creía; pues sentía, en efecto, cómo solo malos sentimientos brotaban en mi pecho.
Pasaron noviembre, diciembre y la mitad de enero.
La Navidad y el Año Nuevo se habían celebrado en Gateshead con la alegría festiva de costumbre; se habían intercambiado regalos, dado cenas y fiestas nocturnas.
De todo disfrute estaba yo, por supuesto, excluida: mi parte de la algarabía consistía en presenciar el atavío diario de Eliza y Georgiana, y verlas bajar al salón, vestidas con ligeros trajes de muselina y bandas escarlatas, con el cabello elaboradamente rizado; y después, en escuchar el sonido del piano o del arpa tocados abajo, el ir y venir del mayordomo y el lacayo, el tintineo de la cristalería y la porcelana mientras se servían los refrigerios, el murmullo inconexo de la conversación cuando la puerta del salón se abría y se cerraba.
Cuando me cansaba de esta ocupación, me retiraba del descanso de la escalera al solitario y silencioso cuarto de los niños: allí, aunque algo triste, no era infeliz.
A decir verdad, no tenía el menor deseo de hacer vida social, pues en compañía muy rara vez se fijaban en mí; y si Bessie hubiera sido amable y buena compañera, habría considerado un deleite pasar las tardes tranquilamente con ella, en vez de pasarlas bajo la imponente mirada de la señora Reed, en una sala llena de damas y caballeros.
Pero Bessie, tan pronto como hubo vestido a sus jóvenes señoras, solía marcharse a las animadas regiones de la cocina y el cuarto del ama de llaves, llevándose por lo general la vela consigo.