Me senté entonces: me sentía débil y cansada. Apoyé los brazos en una mesa y dejé caer la cabeza sobre ellos. Y entonces pensé: hasta entonces solo había oído, visto, caminado —guiada o arrastrada de aquí para allá—, había visto un acontecimiento precipitarse sobre otro, una revelación suceder a otra; pero ahora, pensé...
La mañana había sido bastante tranquila —salvo por la breve escena con la lunática—: la transacción en la iglesia no había sido ruidosa; no hubo explosión de pasión, ni altercado ruidoso, ni disputa, ni desafío o reto, ni lágrimas, ni sollozos: se habían pronunciado unas pocas palabras, se había hecho una objeción al matrimonio pronunciada con calma; el señor Rochester había formulado algunas preguntas severas y breves; se dieron respuestas y explicaciones, se aportaron pruebas; mi amo había pronunciado una abierta admisión de la verdad; luego se había visto la prueba viviente; los intrusos se habían ido, y todo había terminado.
Estaba en mi propia habitación como de costumbre; yo misma, sin cambios visibles: nada me había golpeado, ni lacerado, ni mutilado. Y, sin embargo, ¿dónde estaba la Jane Eyre de ayer?, ¿dónde estaba su vida?, ¿dónde estaban sus perspectivas?
Jane Eyre, que había sido una mujer ardiente e ilusionada—casi una novia—, volvió a ser una muchacha fría y solitaria: su vida era pálida; su porvenir, desolado. Una helada navideña había llegado en pleno verano; una blanca tormenta de diciembre había arremolinado sobre junio; el hielo cubría las manzanas maduras, los neveros aplastaban las rosas en flor; sobre el prado de heno y el campo de maíz yacía un sudario congelado: los senderos que anoche se sonrojaban repletos de flores, hoy eran intransitables por la nieve virgen; y los bosques, que doce horas atrás se mecían frondosos y fragantes como arboledas tropicales, se extendían ahora, yermos, agrestes y blancos como los pinares de la invernal Noruega.